El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es un trastorno de origen neurobiológico, originado en la infancia, que implica un patrón de déficit de atención, hiperactividad y/o impulsividad, y que en muchas ocasiones está asociado con otros trastornos. Afecta, aproximadamente, al 5% de la población, según diversos estudios.
Durante los últimos años, se han ofrecido varias propuestas de conceptualización, clasificación, evaluación y tratamiento, además de muchas definiciones que se han sugerido sobre el trastorno desde estos momentos principales de su identificación. Varios autores coinciden en definir al TDAH como “Un trastorno del comportamiento infantil de amplio sustrato biológico con base genética, en el que se encuentran implicados diversos factores neuropsicológicos que provocan alteraciones en la atención, la impulsividad y la sobreactivación motora” (Cardo y Severa, 2005) y que resultan inapropiados desde el punto de vista evolutivo. En el ámbito clínico, se define como “Un trastorno crónico sintomáticamente evolutivo, y que presenta importante alteración en sus dimensiones clínicas, académicas y relacionales. En el ámbito escolar, se ha confirmado la repercusión negativa que el trastorno ocasiona, sobre todo en los resultados académicos con la edad” (López-Villalobos et al., 2004).
Según la CIE 10 (Catálogo Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud) (OMS, 1992), este trastorno se define como: “Grupo de trastornos caracterizados por un comienzo precoz, la combinación de un comportamiento hiperactivo y pobremente modulado con una marcada falta de atención y de continuidad en las tareas y porque estos problemas se presentan en las situaciones más variadas y persistente a lo largo del tiempo”.
El trastorno puede estar asociado o no a la hiperactividad. El TDAH con hiperactividad, suele presentar alteraciones del comportamiento, especialmente agresividad y conducta antisocial. Y en el segundo caso, los niños/as con déficits de atención sin hiperactividad, parecen más callados, más ansiosos, tímidos y poseen una competencia escasa para los deportes (Lahey et al., 1985; citados por Miranda, Císcar y Rosell, 1992; p.94).
Es fundamental para el diagnóstico del TDAH evaluar que estos síntomas (déficit de atención, hiperactividad y/o impulsividad) se presenten:
- Desde una edad temprana, antes de los 12 años.
- Con una intensidad y frecuencia superior a la normal para la edad y la etapa de desarrollo del niño.
- Que deterioren o interfieran de forma significativa en el rendimiento del niño en dos o más de los ámbitos de su vida, escolar o laboral, familiar y social.
- No ser causados por otro problema médico, un tóxico, una droga u otro problema psiquiátrico.Según el DSM V, la característica principal del trastorno por déficit de atención/hiperactividad (TDAH) es un patrón persistente de inatención y/o hiperactividad—impulsividad que interfiere con el funcionamiento o el desarrollo. La inatención se manifiesta conductualmente en el TDAH como desviaciones en las tareas, falta de persistencia, dificultad para mantener la atención y desorganización que no se deben a un desafío o a falta de comprensión.La hiperactividad se refiere a una actividad motora excesiva (como un niño que corretea) cuando no es apropiado, o a jugueteos, golpes o locuacidad excesivos. En los adultos, la hiperactividad puede manifestarse como una inquietud extrema y un nivel de actividad que cansa a las otras personas.La impulsividad se refiere a acciones apresuradas que se producen en el momento, sin reflexión, y que crean un gran riesgo de dañar al individuo (p. ej., ir corriendo a la calle sin mirar). La impulsividad puede reflejar un deseo de recompensas inmediatas o la incapacidad de retrasar la gratificación. Los comportamientos impulsivos pueden manifestarse como una tendencia a inmiscuirse socialmente (p. ej., interrumpir excesivamente a los otros) y/o a tomar decisiones importantes sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo (p. ej., aceptar un trabajo sin información adecuada).

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